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divendres, 8 de gener de 2010

Las nuevas poblaciones urbanas: migraciones y nuevas identidades culturales


La ciudad es el espacio prodigioso donde todos y todo puede ser visible e invisible a la vez, es el monstruo que nunca duerme, el tiempo dónde el día puede parecer noche y la noche puede parecer día.
Toda ciudad es un conjunto alterable de construcciones tangibles e intangibles donde sólo hay una cosa inmutable: el cambio. Los cambios sociales y culturales que nos toca ahora vivir en las ciudades, quizás precisamente porque nos tocan muy de cerca y en primera persona, nos parecen tan radicales que a menudo cuando pensamos en la pluriculturalitat lo hacemos como si se tratara de algo nuevo. Pero no hace falta pensar mucho para darnos cuenta que nuestra sociedad contemporánea, como toda sociedad compleja, incorpora internamente una realidad multicultural. Sin ir muy lejos, en casa de cada cual podemos constatar como las transformaciones a qué ha sido sometido el entramado de lazos de alianza, de filiación y consanguinidad que todavía denominamos familia, son dignas de ser consideradas como un elemento en el proceso de cambio social. Pese a las nuevas concepciones del parentesco, la familia sigue jugando un papel importante en la organización económica, política, religiosa y social de nuestras comunidades urbanas. Convendremos, pues, que las nuevas familias no se pueden ignorar a la hora de abordar el fenómeno de la multiculturalitat.
En consecuencia es necesario observar y entender por qué es cada vez más frecuente ver comportamientos tan diferentes en un mismo grupo residencial. A menudo en un mismo hogar hay más de un televisor, y más de un aparato de música. El ocio doméstico se ha diversificado según la edad de quien lo practica. La individualización del consumo cultural ha generado una industria específica que maneja grandes capitales e inversiones.
Cuan lejos estamos ya de aquel control estricto de los miembros de más edad de la familia, que imponían su criterio y hábitos a los más jóvenes. La liberalidad actual en el seno de la familia ha comportado la mezcla de hábitos sociales y culturales muy diferentes en los hogares, pero suelen convivir prácticas de uso del tiempo muy diversas. Incluso en la familia más clásica que todavía comparte una misma vivienda, los adolescentes campan hasta la madrugada y siempre hay alguna cama caliente en casa. Los hábitos de convivencia de los niños, de los adultos y de los viejos son lo suficiente diversos, sin que haga falta mencionar aquí los modelos más atrevidos de familia en los cuales la casuística logra los límites más vertiginosos de la creatividad relacional.
Con todo se construye una nueva percepción de la identidad colectiva, de un "nosotros" que cambia de forma implacable, que se aleja cada vez más del "nosotros" mitificado de generaciones pasadas. Así pues, nos debemos preguntar: cuales son las nuevas identidades en qué deberemos encontrar el "nosotros" del futuro más inmediato? Cuántos sentimientos de pertenencia caben en una sociedad que no ha admitido nunca identidades comunes sino colectivas? Por si fuera poco, la sutil versatilidad con qué se concibe hoy el estatus social hace pensar en la lógica borrosa de la consideración de clase, cuando lo que importa más son los usos sociales emparejados a un nivel elevado de prácticas culturales que no al nivel más o menos elevado del poder adquisitivo de los individuos. Si nunca habría sido bien visto ser pobre, nunca como hoy no ha sido tan mal visto no ser un triunfador.
Hablar hoy de diferencias internas en nuestra sociedad es todavía, y por mucho tiempo, hablar de diferencias de género. Los cambios en las relaciones de género son unos de los que originan la visibilització de los conflictos de inadaptació masculina al cambio de la forma más contundente. La denominada violencia doméstica empieza a salir del entierro de siempre por ocupar un lugar preeminent en la conciencia colectiva. He aquí que formas diferentes de vivir se encuentran en un mismo espacio y contexto cultural. Estas formas de vivir y entender la relación social cohabitan en nuestra sociedad sin necesidad de tener en consideración la incorporación de otras culturas "ajenas". La sociedad contemporánea es compleja y multicultural en sí misma y está sometida a un cambio constante, por lo cual es también capaz de desarrollar un alto grado de permeabilidad. Las formas de vida urbanas se construyen en el día a día y desde una perspectiva calidoscòpica según sus protagonistas, esto es su categoría de género, estatus o edad, entre otros factores.
El fenómeno de la inmigración no es nuevo en nuestro entorno, de hecho no es nuevo casi en ninguna parte a estas alturas y con tanto tiempo que hace que el mundo es mundo. La variabilidad con respecto a la intensidad, cantidad o frecuencia de las oleadas migratorias hace percibir de forma diferente este fenómeno, según si éste se concentra más o menos en un espacio y tiempos determinados. El proceso de adaptación de los inmigrados recientes suele empezar en el mismo momento de poner los pies en tierra nueva, pese a lo que, malintencionadamente, se pueda decir. Quien llega quiere lograr el éxito, y lo mejor para conseguirlo es parecerse a quienes ya lo disfrutan.
Para ver la utilidad de ese parecido es muy ilustrativa una anécdota que explicaba Guillem d’ Efach en su libro de memorias. Guillem d’Efach era un cantante mallorquín de la Nova Cançó, de madre africana, un catalano-hablante a quien a menudo la gente se dirigía en castellano. Entrando en un bar pidió un cortado al camarero y este, al servirlo, le dijo:
-"Hermano: si no hubierais hablado mallorquín habría jurado que erais negro!".
Parece claro que un afro-americano del Bronx no lo tendría tan fácil para parecer "uno de los nuestros" hablando inglés en un bar de Manhatan, mientras que cualquier inmigrado que hable catalán lo tiene mejor por ser admitido en una sociedad como la catalana que tiene en su lengua minimizada una señal de identidad muy apreciada. La antigua frase "no hay más fanático que el converso" se carga de todo su sentido al constatar que muchos conflictos entre "nuevos autóctonos" e inmigrados recientes no son más que conflictos de intereses en la obtención de recursos escasos en tiempos de crisis. Parecerse a quien disfruta del éxito social suele querer decir parecerse a quienes mandan y pasar desapercibido entre los parecidos que se afanan por parecer triunfadores a codazos si es necesario.
Pero a quien se parecen quienes mandan? Cómo son y qué suelen hacer los autóctonos que gozan de las ventajas del bienestar?
Llegados en este punto la cosa se complica, puesto que la diversidad en las maneras de hacer y sentir en la sociedad urbana es inmensa y los modelos son, como mínimo, dudosos. Conceptos como por ejemplo integración, asimilación o mestizaje aparecen borrosos y difíciles de sostener. Las obligaciones “identitarias” de los recién llegados suelen concretarse en respetar el ordenamiento jurídico vigente, en el cumplimiento de los deberes sociales y en respetar y atenerse a las "costumbres" de la sociedad de acogida. Hasta ha habido alguna administración que ha intentado influir en las formas de vestir y en los hábitos de higiene de los inmigrados, pese a que pocos, excepto alguna peculiar autoridad constitucional del pasado, se atreverían a concretar cómo visten y cómo y cada cuando se lavan los autóctonos.
No hay nada peor que ignorar el problema. Es necesario hacer visibles los conflictos sociales y culturales si los queremos abordar críticamente. Los complejos mecanismos que actúan en la pacificación de la vida en sociedad son de difícil análisis, pero actúan, y por lo tanto hace falta conocerlos.
Para que exista la posibilidad que dos comunidades que cohabitan un mismo espacio puedan convivir, lo primero que deben hacer es conocerse. El conocimiento mutuo es el primer paso para la convivencia y comporta a menudo la derrota de los prejuicios. Pero ver al otro tal y como es, desposeyendo su imagen de estereotipos y estigmas no significa su aceptación. Cuando hablo de hacer aflorar y hacer visibles los conflictos estoy hablando sólo de afrontar el problema, mientras que su solución pasaría por el diálogo entre las culturas. Encontrar los rasgos de parecido de unos y otros, reconocer la diferencia como un valor añadido de pluralidad, son ideas fuerza que demasiado a menudo parecen una utopía. Hará falta, pues, reivindicar estas terceras vías como capaces de resolver los conflictos a fuerza de imaginación y perseverancia. La corporalidad, el hecho de encontrarse, de celebrar todos juntos, devienen en estos casos instrumentos que pueden ser eficaces para la convivencia entre diferentes que se asemejan en aquello que tienen de esencial: su humanidad.
Los eventos culturales, la cultura en vivo, y sobretodo la fiesta, son entonces buenos instrumentos para la cohesión social de los diferentes, un tiempo sagrado dónde la communitas se hace perceptible, un espacio liminar dónde están permitidas todas las expresiones de los márgenes y dónde la gente marginal tiene un papel en la sociedad aparente que se recrea. La cultura en vivo es participación, representa la sociedad que la celebra, activa sus dinámicas, pone en cuestión sus normas, pone en evidencia sus conflictos y sus contradicciones. No hay fiesta sin transgresión de cualquier orden, comporta en sí misma un grado de disidencia y, por lo tanto, constituye un ejercicio espontáneo de libertad individual y colectiva.
Siempre me ha gustado pensar que una fiesta es fiesta cuando la gente se la hace suya y la celebra. Siempre he creído que una fiesta es más fiesta cuanto menos se puede controlar desde el poder, quizás por esto a menudo he abordado la gestión de la cultura desde una perspectiva comunitaria, generando procesos, echando la piedra y escondiendo la mano, hablando siempre en primera persona del plural, dejando que al fin y al cabo todo se asemeje cuanto más mejor a una obra colectiva en la que los protagonismos son mínimos y siempre compartidos.
En tiempo de fiesta se desdibujan las categorías, y eso permite una relación más humana, lo cual facilita un espacio de pacificación entre smejantes y, por lo tanto, un buen momento para abordar la pacificación de conflictos, o como mínimo facilita la tolerancia. El tiempo de fiesta ha sido a menudo tiempo de tregua, tiempo de buscar pareja y de reconciliación entre parientes; por qué no entenderlo también como un tiempo propicio para abordar conflictos entre comunidades diferentes?
Los rituales ponen en evidencia las tensiones entre las normas sociales y las emociones de la gente. Su contenido psíquico es el que le confiere valor transformador. Es por este motivo que las fiestas son momentos de permeabilidad. Por eso es por lo que nos debe preocupar pensar bien un nuevo discurso ritual para la fiesta y para toda construcción cultural, un discurso contemporáneo que sea capaz de hacer frente a los retos que tiene planteados nuestra sociedad compleja. Un discurso que no estigmatice la diferencia, que no folklorice las culturas de los forasteros, sino que se aproxime a ellas con naturalidad. Una oferta de actividades culturales que no fragmente excesivamente la oferta en función de un público forzadamente atomizado, y que, por el contrario, busque la mezcla de públicos y favorezca su accesibilidad en un saludable ejercicio de democracia cultural. Propuestas que favorezcan el diálogo entre culturas, tanto con respecto a franjas de edad como etnias, cultos u orientaciones sexuales. Una oferta dirigida a las viejas y a las nuevas familias, una oferta participativa que contemple con valentía la opción de la enmienda a la totalidad, integrando en su concepción sus destinatarios. Una acción cultural que programe propuestas culturales contemporáneas de los lugares de origen de los inmigrados, presentadas con la máxima dignidad, puesto que el diálogo cultural sólo se puede producir con el conocimiento mutuo, prestigiando la propia cultura minoritaria entre los inmigrados y dándola a conocer a los autóctonos con la dignidad que merece toda construcción simbólica humana.
La construcción de las nuevas identidades culturales será atractiva y llevadera si favorecemos la participación activa de las nuevas minorías en los proyectos culturales, integrándolas en la toma de decisiones. Irá bien no olvidar nunca que no hay diversidad sin identidades e irá mejor aceptar que la construcción de nuestra identidad autóctona también ha sido y es heterogénea y que tanto hace olor de vino como de cerveza y que además de la jota, también baila el danze y que lo hace también con camiseta y tejanos y no sólo con faja y cachirulo. La presentación de los símbolos, de los rituales y de los mitos desde una perspectiva abierta e integradora, hace posible la identificación simbólica, hace de nexo de unión y refuerza el sentimiento de pertenencia a un mismo grupo humano, sobre todo en el caso de los niños. La creación de una misma memoria colectiva desde una realidad caleidoscópica como es la que se presenta en muchas fiestas urbanas, puede favorecer el prestigio de la diversidad cultural como confluencia de identidades mestizas y valiosas, a la vez que facilita la identificación con la comunidad que se recrea y se reinterpreta día a día.
Las tradiciones se inventan, como todo en la cultura de los humanos, y su significado se adapta a la realidad de cada episodio de la pequeña historia de la gente. Esto me lleva a pensar que puede existir también la posibilidad de generalizar esta resemantización, repensar, recrear un nuevo espacio simbólico y ritual común que haga posible la construcción de nuevas identificaciones, aquello que denominaremos, sin entrar en contradicción, las nuevas tradiciones. Los nuevos rituales, igual que los nuevos mitos, son un hecho actual. Los nuevos ceremoniales llenan el espacio comunicativo. Su significado trasciende de mucho lo que son en verdad: un gran ejercicio de imaginación colectiva.
La cultura de las personas forma parte del dominio de los símbolos, de aquello que, por un acuerdo implícito, compartido por una buena cantidad de gente, se transforma en una memoria colectiva. Pero de memorias y de olvidos está llena la historia de los pueblos. La construcción del concepto que cada pueblo tiene de sí mismo es un proceso de toma y daca entre la Pequeña Tradición del día a día de la gente sencilla y la Gran Tradición de quienes detentan el poder. La tradición popular frente a la tradición académica, el mito frente a la ciencia, la leyenda frente a la historia oficial, el canto popular ante el himno.
Pero la Pequeña Tradición a menudo no es tan pequeña como algunos querrían, es un patrimonio modesto que deviene molesto para quienes mandan, porque habla con voz clara, amable, pero sin tapujos: "diciendo las verdades" en cada glosa, en cada jotica, convirtiendo cada reivindicación en una fiesta.
Actualmente las relaciones entre el poder y la gente parecen pasar por un momento difícil en las democracias occidentales y alguna vez han comportado sustos como el aumento del populismo y del neofeixisme. Se ha generalizado lo que se denomina las "solidaridades blandas", las que exigen poco compromiso. Aun así se hacen notar más los movimientos alternativos a la actual organización de los sistemas de poder.
Pese a este panorama, cuando vas por el mundo te das cuenta que, vayas dónde vayas, la gente humilde se parece mucho más a tu propia gente que a los poderosos. He aquí la grandeza universal de la dimensión pequeña: allá dónde hay gente sencilla te sientes como en casa. Pese a los conflictos, pese al poder de los medios de comunicación, pese a la propaganda, las nuevas identidades culturales las acaba construyendo la gente.

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