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dijous, 15 de novembre de 2012

Cataluña: un nuevo estado inclusivo en la Europa de los pueblos?



En Europa se vive un momento importante con respecto a la reivindicación de la soberanía de los viejos pueblos sin estructuras de estado. Escocia, Flandes y Cataluña emergen como alternativa al modelo de los estados nación de la Unión Europea.
Cuando un pueblo tiene la posibilidad de poder vivir el momento histórico del nacimiento de un estado propio, asume colectivamente tres grandes responsabilidades: abandonar el pasado, repensar el presente y construir el futuro.
En el siglo XXI la vieja Europa continúa siendo una realidad plural llena de riesgos y de potencialidades. Uno de los viejos riesgos de Europa es el radicalismo excluyente que la marcó durante el siglo XX con algunos de los más crueles genocidios de la historia.
Por el contrario, una de las grandes potencialidades de Europa puede hallarse en la misma base de su propia sociedad, en la capacidad de empatía de clase de la gente corriente de sus antiguos pueblos, en la permeabilidad inclusiva, en las nuevas utopías colectivas que esta misma gente sea capaz de imaginar.
Hay pocas cosas capaces de generar más interés social y político que una comunidad en proceso de construcción de una nueva identidad compartida.
Un nuevo estado de Europa debería ser capaz de hacer realidad la utopía de regular la inclusión de toda la gente que vive en él regularmente.
Las identidades múltiples construyen nuevas identidades mestizas sólo cuando la sociedad que acoge a aquel que se incorpora es inclusiva y cuando la legalidad y las acciones de las administraciones públicas van a favor y no en contra.
Qué sentido tendría, en cualquier nuevo estado, reproducir las prácticas de los estados nación que hacen impermeables a la gente unas fronteras que son abiertas a la libre circulación de cualquier clase de cosa material? El estado nación se suele perpetuar negando los derechos de los pueblos que incorpora y los derechos de aquellos individuos a quienes impide el acceso a la ciudadanía.
En Cataluña se da esta doble exclusión en un momento de precariedad, y la gente corriente ya se da cuenta.
Hará falta pues tenerlo bien presente a la hora de repensar un futuro social y político en clave catalana.
La Cataluña actual es plural, como lo fue la del pasado y como lo será la del futuro. Constatar y asumir esta realidad como una potencialidad es aquello que más fortaleza puede conferir al proceso constituyente de un nuevo estado.
Las identidades colectivas son realidades dinámicas que cambian con el tiempo, los pueblos inmutables no existen ni han existido jamás en la historia de los humanos.
El “nosotros” de hoy no tendrá nada a ver con el “nosotros” del futuro, como tampoco se parece en nada nuestra  identidad actual con la que compartieron o imaginaron nuestros múltiples y diversos antepasados colectivos.
Cuando los imaginarios y las identidades colectivas se fijan por leyes y constituciones inmutables, pronto acaban sirviendo al privilegio de minorías dominantes y entonces se convierten en un pesado lastre.
El día 25 de junio de 1992, el Reino de España firmó un acuerdo con otros estados de la Unión Europea según el cual se considera extranjero “a cualquier persona que no sea nacional de los estados miembros de la Unión Europea”. Este acuerdo, que entró en vigor el 26 de marzo de 1995, es el que se conoce por Acuerdo de Schengen.
En derecho internacional, se aplica la norma general según la cual el nuevo estado segregado de un estado preexistente asume y aplica automáticamente todos y cada uno de los acuerdos y tratados internacionales subscritos por el estado anterior al cual pertenecía.
Siguiendo este razonamiento normativo, la República de Catalunya asumiría y debería aplicar el Acuerdo de Schengen, por lo cual aquellos residentes “no nacionales” serian considerados extranjeros en la Unión Europea.
Pero esta condición de extranjero en Europa quedaría automáticamente resuelta en aquellos supuestos en que el nuevo estado catalán, libre de antiguas leyes españolas, concediera derechos de ciudadanía a los “nuevos catalanes” los cuales pasarían a ser automáticamente nuevos ciudadanos europeos de pleno derecho.
Cuando la política deja de querer ser sólo “el arte de lo posible” para convertirse en el arte de conseguir hacer posibles las ideas, los conflictos se desvanecen y la gente corriente se siente mejor representada y gobernada. Eso suele generar confianzas compartidas y acabar con miedos y temores.
Las identidades y las identificaciones múltiples se resuelven en derecho internacional aplicando la vieja práctica de la nacionalidad múltiple. Se puede conservar la nacionalidad originaria y adoptar una nueva. Hay quien tiene dos o más pasaportes, todo depende de la permeabilidad del estado que los expida.
Valencianos, mallorquines, aragoneses, castellanos, ecuatorianos o marroquíes, tendrían resuelto el miedo a un futuro incierto que, a menudo de forma malintencionada, se origina propagando rumores y propaganda, si la nueva república expide pasaportes a sus residentes y a aquellos que se identifican con la nueva identidad catalana.
No debiera ser necesario precisar que sería perverso imaginar una negativa del Reino de España a conservar los derechos de ciudadanía, el ius solis (derecho de nacimiento) y el ius sanguinis (derecho de parentesco) a sus propios naturales que quisieran compartir la nacionalidad española y la catalana.
Una Cataluña independiente que no expidiera pasaportes a quienes viven regularmente, vengan de dónde vengan, debería ser impensable. Una Europa que no lo aceptara sería ciega y sin futuro.
Para construir el nuevo espacio común de identificaciones son necesarias acciones sociales y culturales comunitarias que sean inclusivas. Hay que favorecer el diálogo plural entre culturas y respetar los derechos de las minorías en la sociedad de acogida.
Reproducir los esquemas excluyentes de los antiguos estados, poniendo en práctica un “neojacobinismo” a la catalana sería el peor de los errores.
Sólo con grandeza se pueden hacer realidad los nuevos imaginarios que aseguran el futuro de los pueblos libres.

Catalunya: un nou estat inclusiu en l’Europa dels pobles?



 A Europa es viu un moment important pel que fa a la reivindicació de la sobirania dels vells pobles sense estructures d’estat. Escòcia, Flandes i Catalunya emergeixen com a alternativa al model dels estats nació de la Unió Europea. Quan un poble té la possibilitat de poder viure el moment històric del naixement d’un estat propi, assumeix col·lectivament tres grans responsabilitats: abandonar el passat, repensar el present i construir el futur.

Al segle XXI la vella Europa continua sent una realitat plural farcida de riscos i de potencialitats. Un dels vells riscos d’Europa és el radicalisme excloent que la va marcar durant el segle XX amb alguns dels més cruels genocidis de la història.
Per contra, una de les grans potencialitats d’Europa pot raure en la mateixa base de la seva pròpia societat, en la capacitat d’empatia de classe de la gent corrent dels seus antics pobles, en la permeabilitat inclusiva, en les noves utopies col·lectives que aquesta mateixa gent sigui capaç d’imaginar. Hi ha poques coses capaces de generar més interès social i polític que una comunitat en procés de construcció d’una nova identitat compartida.
Un nou estat d’Europa hauria de ser capaç de fer realitat la utopia de regular la inclusió de tota la gent que hi viu regularment. Les identitats múltiples construeixen noves identitats mestisses només quan la societat que acull a aquell qui s’hi incorpora és inclusiva i quan la legalitat i les accions de les administracions públiques hi van a favor i no en contra.
Quin sentit tindria, en qualsevol nou estat, reproduir les pràctiques dels estats nació que fan impermeables a la gent unes fronteres que són obertes a la lliure circulació de qualsevol mena de cosa material?
L’estat nació se sol perpetuar negant els drets dels pobles que incorpora i els drets d’aquells individus als qui impedeix l’accés a la ciutadania.
A Catalunya es dóna aquesta doble exclusió en un moment de precarietat i la gent corrent ja se n’adona. Caldrà doncs tenir-ho ben present a l’hora de repensar un futur social i polític en clau catalana.
La Catalunya d’avui és plural, com ho va ser la del passat i com ho serà la del futur. Constatar i assumir aquesta realitat com una potencialitat és allò que més fortalesa pot conferir al procés constituent d’un nou estat.
Les identitats col·lectives són realitats dinàmiques que canvien amb el temps, els pobles immutables no existeixen ni han existit mai en la història dels humans. El “nosaltres” d’avui no tindrà res a veure amb el “nosaltres” del futur, com tampoc s’assembla gens la “nostra” identitat d’avui amb la que van compartir o imaginar els nostres múltiples i ben diversos avantpassats col·lectius.
Quan els imaginaris i les identitats col·lectives es fixen per lleis i constitucions immutables, aviat acaben servint al privilegi de minories dominants i llavors esdevenen un llast.
El dia 25 de juny de 1992, el Regne d’Espanya va signar un acord amb d’altres països de la Unió Europea segons el qual es considera estranger “a qualsevulla persona que no sigui nacional dels estats membres de la Unió Europea”. Aquest acord, que entrà en vigor el 26 de març de 1995, és el que es coneix per Acord de Schengen.
En dret internacional, s’aplica la norma general segons la qual el nou estat segregat d’un estat preexistent assumeix i aplica automàticament tots i cadascun dels acords i tractats internacionals subscrits per l’estat anterior al qual pertanyia.
Seguint aquest raonament normatiu, la República de Catalunya assumiria i hauria d’aplicar l’Acord de Schengen, per la qual cosa aquells residents “no nacionals” serien considerats estrangers a la Unió Europea. Però aquesta condició d’estranger a Europa quedaria automàticament resolta en aquells supòsits en que el nou estat català, lliure d’antigues lleis espanyoles, concedís drets de ciutadania als “nous catalans” els quals passarien a ser automàticament nous ciutadans europeus de ple dret.
Quan la política deixa de voler ser només “l’art d’allò possible” per esdevenir l’art de fer possibles les idees, els conflictes s’esvaeixen i la gent corrent se sent millor representada i governada. Això sol generar confiances compartides i escombrar pors i temences.
Les identitats i les identificacions múltiples es resolen en dret internacional aplicant la vella pràctica de la nacionalitat múltiple. Hom pot conservar la nacionalitat originària i adoptar-ne una de nova. Hi ha qui té dos o més passaports, tot depèn de la permeabilitat de l’estat que els expedeix.
Valencians, mallorquins, aragonesos, castellans, equatorians o marroquins,  tindrien resolta la incertesa que s’escampa, sovint de forma malintencionada, amb rumors, propaganda i disseminació de temors infundats, si la nova república expedeix passaports als seus residents i a aquells qui s’identifiquen amb la nova identitat catalana.
No hauria de caler dir que seria pervers imaginar una negativa del Regne d’Espanya a conservar els drets de ciutadania, el ius solis (dret de naixença) i el ius sanguinis (dret de parentiu) als seus propis naturals que volessin compartir la nacionalitat espanyola i la catalana.
Una Catalunya independent que no expedís passaports als qui hi viuen regularment, vinguin d’allà on vinguin, hauria de ser impensable. Una Europa que no ho acceptés seria cega i sense futur.
Per construir el nou espai comú d’identificacions cal generar accions socials i culturals comunitàries que siguin inclusives. Significa afavorir el diàleg plural entre cultures i respectar els drets de les minories en la societat d’acollida. Reproduir els esquemes excloents dels antics estats, posant en pràctica un “neojacobinisme” a la catalana seria el pitjor dels errors.
Només amb grandesa es poden fer realitat els nous imaginaris que asseguren el futur dels pobles lliures.