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dimecres, 2 març de 2011

Viejas fiestas para nuevas identidades

El Carnaval de Barranquilla en Barcelona y la experiencia del Museo Etnológico de Barcelona
Josep Fornés y Garcia, enero de 2011
Ponencia inaugural del Tercer Encuentro de Investigadores del Carnaval. Museo de Antropología de la Universidad del Atlántico. Barranquilla 2 de marzo de 2011.

La ciudad es el espacio prodigioso donde todos y todo puede ser visible e invisible a la vez, es el monstruo que nunca duerme, el tiempo dónde el día puede parecer noche y la noche puede parecer día.
Toda ciudad es un conjunto alterable de construcciones tangibles e intangibles donde sólo hay una cosa inmutable: el cambio. Los cambios sociales y culturales que nos toca ahora vivir en las ciudades de Europa, quizás precisamente porque nos tocan muy de cerca y en primera persona, nos parecen tan radicales que a menudo cuando pensamos en la pluriculturalidad lo hacemos como si se tratara de algo nuevo. Pero no hace falta pensar mucho para darnos cuenta que nuestra sociedad contemporánea, como toda sociedad compleja, incorpora internamente una realidad multicultural. Sin ir muy lejos, en casa de cada cual podemos constatar como las transformaciones a qué ha sido sometido el entramado de lazos de alianza, de filiación y consanguinidad que todavía denominamos familia, son dignas de ser consideradas como un elemento en el proceso de cambio social. Pese a las nuevas concepciones del parentesco, la familia sigue jugando un papel importante en la organización económica, política, religiosa y social de nuestras comunidades urbanas. Convendremos, pues, que las nuevas familias no se pueden ignorar a la hora de abordar el fenómeno de la multiculturalidad.
Cuan lejos estamos ya de aquel control estricto de los miembros de más edad de la familia, que imponían su criterio y hábitos a los más jóvenes. La liberalidad actual en el seno de la familia ha comportado la mezcla de hábitos sociales y culturales muy diferentes en los hogares, pero suelen convivir prácticas de uso del tiempo muy diversas. Incluso en la familia más clásica que todavía comparte una misma vivienda, los adolescentes campan hasta la madrugada y siempre hay alguna cama caliente en casa. Los hábitos de convivencia de los niños, de los adultos y de los viejos son lo suficiente diversos, sin que haga falta mencionar aquí los modelos más atrevidos de familia en los cuales la casuística logra los límites más vertiginosos de la creatividad relacional. Hoy en día en muchos países europeos es un hecho legal y socialmente aceptado el matrimonio homosexual. Las libertades públicas empiezan a ir a la par con los derechos civiles de los ciudadanos.
Con todo se construye una nueva percepción de la identidad colectiva, de un "nosotros" que cambia de forma implacable, que se aleja cada vez más del "nosotros" mitificado de generaciones pasadas. Así pues, nos debemos preguntar: cuales son las nuevas identidades en qué deberemos encontrar el "nosotros" del futuro más inmediato? Cuántos sentimientos de pertenencia caben en una sociedad que no ha admitido nunca identidades comunes sino colectivas? Por si fuera poco, la sutil versatilidad con qué se concibe hoy el estatus social hace pensar en la lógica borrosa de la consideración de clase, cuando lo que importa más son los usos sociales emparejados a un nivel elevado de prácticas culturales que no al nivel más o menos elevado del poder adquisitivo de los individuos. Si nunca habría sido bien visto ser pobre, nunca como hoy no ha sido tan mal visto no ser un triunfador. Pregúntenle a un trabajador qué es la “clase media” y les va a responder con ironía.
Hablar hoy de diferencias internas en nuestra sociedad es todavía, y por mucho tiempo, hablar de diferencias de género. Los cambios en las relaciones de género son unos de los que originan la visibilización de los conflictos de inadaptación masculina al cambio de la forma más contundente. La denominada violencia doméstica, violencia machista, empieza a salir del silencio de siempre para ocupar un lugar preeminente en la conciencia colectiva. He aquí que formas diferentes de vivir se encuentran en un mismo espacio y contexto cultural. Estas formas de vivir y entender la relación social cohabitan en nuestra sociedad sin necesidad de tener en consideración la incorporación de otras culturas "ajenas". La sociedad contemporánea es compleja y multicultural en sí misma y está sometida a un cambio constante, por lo cual es también capaz de desarrollar un alto grado de permeabilidad. Las formas de vida urbanas se construyen en el día a día y desde una perspectiva calidoscòpica según sus protagonistas, esto es su categoría de género, estatus o edad, entre otros factores.
El fenómeno de la inmigración no es nuevo en Barcelona, de hecho no es nuevo casi en ninguna parte a estas alturas y con tanto tiempo que hace que el mundo es mundo. La variabilidad con respecto a la intensidad, cantidad o frecuencia de las oleadas migratorias hace percibir de forma diferente este fenómeno, según si éste se concentra más o menos en un espacio y tiempos determinados. El proceso de adaptación de los inmigrados recientes suele empezar en el mismo momento de poner los pies en tierra nueva, pese a lo que, malintencionadamente, se pueda decir. Quien llega quiere lograr el éxito, y lo mejor para conseguirlo es parecerse a quienes ya lo disfrutan.
Pero a quien se parecen quienes mandan? Cómo son y qué suelen hacer los autóctonos que gozan de las ventajas del bienestar?
Llegados en este punto la cosa se complica, puesto que la diversidad en las maneras de hacer y sentir en la sociedad urbana en Europa es inmensa y los modelos son, como mínimo, dudosos. Conceptos como por ejemplo integración, asimilación o mestizaje aparecen borrosos y difíciles de sostener. Las obligaciones “identitarias” de los recién llegados suelen concretarse en respetar el ordenamiento jurídico vigente, en el cumplimiento de los deberes sociales y en respetar y atenerse a las "costumbres" de la sociedad de acogida. Hasta ha habido alguna administración española que ha intentado influir en las formas de vestir y en los hábitos de higiene de los inmigrados, pese a que pocos, excepto alguna peculiar autoridad constitucional del pasado, se atreverían a concretar cómo visten y cómo y cada cuando se lavan los autóctonos.
No hay nada peor que ignorar el problema. Es necesario hacer visibles los conflictos sociales y culturales si los queremos abordar críticamente. Los complejos mecanismos que actúan en la pacificación de la vida en sociedad son de difícil análisis, pero actúan, y por lo tanto hace falta conocerlos.
Para que exista la posibilidad que dos comunidades que cohabitan un mismo espacio puedan convivir, lo primero que deben hacer es conocerse. El conocimiento mutuo es el primer paso para la convivencia y comporta a menudo la derrota de los prejuicios. Pero ver al otro tal y como es, desposeyendo su imagen de estereotipos y estigmas no significa su aceptación. Cuando hablo de hacer aflorar y hacer visibles los conflictos estoy hablando sólo de afrontar el problema, mientras que su solución pasa por el diálogo entre las culturas. Encontrar los rasgos de parecido de unos y otros, reconocer la diferencia como un valor añadido de pluralidad, son ideas fuerza que demasiado a menudo parecen una utopía. Es necesario pues reivindicar y poner en práctica esas terceras vías como instrumentos capaces de resolver los conflictos a fuerza de imaginación y perseverancia. La corporalidad, el hecho de encontrarse, de celebrar todos juntos, vienen a ser en estos casos instrumentos eficaces para la convivencia entre diferentes que se parecen en aquello que tienen de esencial: su humanidad.
Los eventos culturales, la cultura en vivo, y sobretodo la fiesta, son entonces buenos instrumentos para la cohesión social de los diferentes, un tiempo sagrado dónde la communitas se hace perceptible, un espacio liminar dónde están permitidas todas las expresiones de los márgenes y dónde la gente marginal tiene un papel en la sociedad aparente que se recrea. La cultura en vivo es participación, representa la sociedad que la celebra, activa sus dinámicas, pone en cuestión sus normas, pone en evidencia sus conflictos y sus contradicciones. No hay fiesta sin transgresión de cualquier orden, comporta en sí misma un grado de disidencia y, por lo tanto, constituye un ejercicio espontáneo de libertad individual y colectiva.
Siempre me ha gustado pensar que una fiesta es fiesta cuando la gente se la hace suya y la celebra. Siempre he creído que una fiesta es más fiesta cuanto menos se puede controlar desde el poder, quizás por esto a menudo he abordado la gestión de la cultura desde una perspectiva comunitaria, generando procesos, echando la piedra y escondiendo la mano, hablando siempre en primera persona del plural, dejando que al fin y al cabo todo se asemeje cuanto más mejor a una obra colectiva en la que los protagonismos son mínimos y siempre compartidos.
En tiempo de fiesta se desdibujan las categorías, y eso permite una relación más humana, lo cual facilita un espacio de pacificación entre semejantes y, por lo tanto, un buen momento para abordar la pacificación de conflictos, o como mínimo facilita la tolerancia. El tiempo de fiesta ha sido a menudo tiempo de tregua, tiempo de buscar pareja y de reconciliación entre parientes; por qué no entenderlo también como un tiempo propicio para abordar conflictos entre comunidades diferentes?
Los rituales ponen en evidencia las tensiones entre las normas sociales y las emociones de la gente. Su contenido psíquico es el que le confiere valor transformador. Es por este motivo que las fiestas son momentos de permeabilidad. Por eso es por lo que nos debe preocupar pensar bien un nuevo discurso ritual para la fiesta y para toda construcción cultural, un discurso contemporáneo que sea capaz de hacer frente a los retos que tiene planteados nuestra sociedad compleja. Un discurso que no estigmatice la diferencia, que no folklorice las culturas de los forasteros, sino que se aproxime a ellas con naturalidad. Una oferta de actividades culturales que no fragmente excesivamente la oferta en función de un público forzadamente atomizado, y que, por el contrario, busque la mezcla de públicos y favorezca su accesibilidad en un saludable ejercicio de democracia cultural. Propuestas que favorezcan el diálogo entre culturas, tanto con respecto a franjas de edad como etnias, cultos u orientaciones sexuales. Una oferta dirigida a las viejas y a las nuevas familias, una oferta participativa que contemple con valentía la opción de la enmienda a la totalidad, integrando en su concepción sus destinatarios. Una acción cultural que programe propuestas culturales contemporáneas de los lugares de origen de los inmigrados, presentadas con la máxima dignidad, puesto que el diálogo cultural sólo se puede producir con el conocimiento mutuo, prestigiando la propia cultura minoritaria entre los inmigrados y dándola a conocer a los autóctonos con la dignidad que merece toda construcción simbólica humana.
La construcción de las nuevas identidades culturales será atractiva y llevadera si favorecemos la participación activa de las nuevas minorías en los proyectos culturales, integrándolas en la toma de decisiones. Irá bien no olvidar nunca que no hay diversidad sin identidades e irá mejor aceptar que la construcción de nuestra identidad autóctona también ha sido y es heterogénea y que tanto uele a vino como a cerveza, y tanto sabe a arepa como sabe a pan.
La presentación de los símbolos, de los rituales y de los mitos desde una perspectiva abierta e integradora, hace posible la identificación simbólica, hace de nexo de unión y refuerza el sentimiento de pertenencia a un mismo grupo humano, sobre todo en el caso de los niños. La creación de una misma memoria colectiva desde una realidad caleidoscópica como es la que se presenta en el Carnaval, puede favorecer el prestigio de la diversidad cultural como confluencia de identidades mestizas y valiosas, a la vez que facilita la identificación con la comunidad que se recrea y se reinterpreta día a día.
Las tradiciones se inventan, como todo en la cultura de los humanos, y su significado se adapta a la realidad de cada episodio de la pequeña historia de la gente. Esto me lleva a pensar que puede existir también la posibilidad de generalizar esta resemantización, repensar, recrear un nuevo espacio simbólico y ritual común que haga posible la construcción de nuevas identificaciones, aquello que denominaremos, sin entrar en contradicción, las nuevas tradiciones. Los nuevos rituales, igual que los nuevos mitos, son un hecho actual. Los nuevos ceremoniales llenan el espacio comunicativo. Su significado trasciende de mucho lo que son en verdad: un gran ejercicio de imaginación colectiva.
La cultura de las personas forma parte del dominio de los símbolos, de aquello que, por un acuerdo implícito, compartido por una buena cantidad de gente, se transforma en una memoria colectiva. Pero de memorias y de olvidos está llena la historia de los pueblos. La construcción del concepto que cada pueblo tiene de sí mismo es un proceso de toma y daca entre la Pequeña Tradición del día a día de la gente sencilla y la Gran Tradición de quienes detentan el poder. La tradición popular frente a la tradición académica, el mito frente a la ciencia, la leyenda frente a la historia oficial, el canto popular ante el himno.
Pero la Pequeña Tradición a menudo no es tan pequeña como algunos querrían, es un patrimonio modesto que deviene molesto para quienes mandan, porque habla con voz clara, amable, pero sin tapujos: "diciendo las verdades" en cada verso, en cada estrofa, en cada cumbia, convirtiendo cada reivindicación en una fiesta.
Actualmente las relaciones entre el poder y la gente parecen pasar por un momento difícil en el norte de África y en las democracias europeas, y alguna vez han comportado sustos como el aumento del populismo, del neofascismo o del islamismo radical. Se ha generalizado lo que se denomina las "solidaridades blandas", las que exigen poco compromiso. Aun así se hacen notar más los movimientos alternativos a la actual organización de los sistemas de poder.
Pese a este panorama, cuando vas por el mundo te das cuenta que, vayas dónde vayas, la gente humilde se parece mucho más a tu propia gente que a los poderosos. He aquí la grandeza universal de la dimensión pequeña: allá dónde hay gente sencilla te sientes como en casa. Pese a los conflictos, pese al poder de los medios de comunicación, pese a la propaganda, las nuevas identidades culturales las acaba construyendo la gente.
Aquello que la gente somos capaces de imaginar colectivamente es muy valioso. La Cultura es una construcción simbólica de los humanos. Comemos, cantamos y nos emocionamos siguiendo pautas aprendidas en familia, en grupo, en sociedad. Hoy como ayer inventamos tradiciones, creemos en mitos y construimos nuevas leyendas. Hoy, igual que ayer, seguimos lanzando a los cuatro vientos las nuevas fábulas, y lo hacemos también por internet. En las ciudades también hay cuentos que los jóvenes narran como historias ciertas al salir del instituto.
La cultura de la sociedad compleja iguala aquello que antaño habíamos llamado rural de aquello que antes llamábamos urbano. La gente somos la misma gente en Barranquilla que en Cartagena, la misma en Barcelona que en Sevilla, la misma en Damasco que en Marraquech.
Tenemos mitos en común de color azul y grana o rojiblanco. Llenamos juntos la calle en fiestas, pasamos todos juntos el mismo calor, cuando lo hace, y sufrimos juntos la crisis que toca en cada tiempo, sobre todo si somos gente trabajadora.
Hace años que en mi ciudad de Barcelona, desde el Museo Etnológico que dirijo, conspiramos juntos con la gente que organiza la Fiesta Mayor del barrio barcelonés de Gracia por salvaguardar la parte más tangible de un mito: los adornos y decorados de una fiesta barcelonesa declarada Fiesta Tradicional de Interés Nacional de Cataluña. Hace años también que conspiramos juntos con los barranquilleros y barranquilleras de Barcelona que construyen cada año una espléndida recreación de su Carnaval, luciéndolo y gozándolo en la Rúa, el gran desfile del Carnaval de Barcelona, compartiéndolo con orgullo con los catalanes más cumbiamberos.
¿Quien dijo que el patrimonio era cosa de artistas e ilustrados? Los museos del siglo XXI apostamos por un concepto próximo de la cultura, por un retorno de valores a los protagonistas creadores de los mitos cotidianos.
No fué porque sí que la conferencia 2010 del Consejo Internacional de los Museos, celebrada en noviembre en Shangai, eligiera como tema central “el papel de los museos como motores de la armonia social”. Cuando hablamos del patrimonio festivo también estamos hablando de armonia.
Una flor de papel pintado no se conserva mucho tiempo entre cables, luces, cajas y demás trastos de fiesta. Un vestido de reina, de garabato o de farota tampoco dura mucho en el ropero de casa. Los locales sociales de las asociaciones, a menudo precarios, no reunen las condiciones idóneas de temperatura constante o de humedad relativa para la conservación de materiales cuya vida no se pretendió eterna. El decorado de la fiesta es un patrimonio tan efímero como lo puede ser una aquarela, pero significa muchas emociones colectivas que hacía falta preservar.
Cada año las vecinas creadoras de las artesanías efímeras, y también sus compañeros hombres, reservan algunos detalles del “adorno”, para que pasen a ser “una pieza de museo”. El Museo conserva, estudia y divulga este patrimonio festivo del mismo modo que lo hace con los otros tesoros que custodia.
Los tesoros de un museo de Antropología sobrepasan el concepto artístico o histórico. Los materiales etnográficos son elementos que contienen una información muy diversa y valiosa: el rastro de la historia de la vida cotidiana, los rastros de la memoria de aquellos hechos que el pueblo eleva a la categoría de acontecimiento, los elementos rituales, los instrumentos para las prácticas rituales, los sortilegios mágicos.
Los objetos etnográficos son herramientas de trabajo, indumentarias de fiesta, boleadoras, mates, amuletos, relicarios, imágenes de los antepasados, santos, dioses, capazos o cestas, y un montón de otras maravillas como hadas de cartón, enanitos de papel, vampiros, duendes o cortinas de agua fabricadas a mano con botellas de plástico y pintadas con lentejuelas de purpurina.
No es nueva en el Museo Etnológico de Barcelona esta museología. En los años cuarenta del siglo pasado ya había en el museo quien trabajaba en la recolección de materiales festivos.
Ramon Violant, Joan Amades, August Panyella, Zeferina Amil, Apel•les Mestres, y otros muchos etnólogos trabajaron para el antiguo museo en la recolección y el estudio de piezas tan interesantes como las máscaras del Carnaval, las “fallas” o antorchas de San Juan, los juguetes, los vestidos de novia y de fiesta, las “gralles”, los “sacs de gemecs” o gaitas, los “flabiols” o flautas, las castañuelas, los panderos, tambores y un etcétera que constituye la colección más importante de patrimonio etnológico inventariada y documentada a nivel nacional en Catalunya.
Hoy como ayer, el museo también documenta la fiesta popular, en vivo y en directo, y lo hace captando las imágenes de los procesos de trabajo de creación colectiva que han hecho posible la transformación de la calle en un espacio de vida en común durante un tiempo tan extraordinario como efímero.
Estos documentos fotográficos y audiovisuales tienen una mirada etnográfica e incrementan constantemente el fondo del Archivo de Imágenes del museo, que contiene más de cincuenta-mil, obtenidas durante más de sesenta años de trabajo de campo de varias generaciones de investigadores catalanes que han observado y estudiado culturas por todo del mundo.
La comparación de materiales y de imágenes tan diversos hace más interesante el trabajo científico porque hace posibles interpretaciones más complejas y fundamentadas.
La acumulación del conocimiento para el estudio de los expertos y de los especialistas es una de las funciones del museo, como también lo es la divulgación de este conocimiento y el compartir las experiencias aprendidas, poniéndolas en contraste y en contacto.
Un ejemplo de esto ha sido la colaboración del museo con la fiesta de “la Patum”, fiesta capital de la ciudad de Berga, cuna de Ramón Viñes, que, junto con el Misterio de Elx (Elche-Valencia), constituyen las únicas Obras cumbre del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad que la UNESCO ha declarado y proclamado como tales en los Países Catalanes.
El museo ha aportado a la Patum de este año imágenes inéditas de la década de 1940 de su propio fondo documental. Pero también ha hecho posible el encuentro entre esta fiesta catalana con la fiesta caribeña patrimonio de los humanos: nuestro querido Carnaval de Barranquilla, y ha acercado culturas y gente en aquello que comparten, que no es otra cosa que su propia humanidad y gusto por la fiesta.
El 17 de octubre del año 2003 la UNESCO proclamaba solemnemente la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Inmaterial. El mismo año declaraba Obra cumbre del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad el Carnaval de Barranquilla y la fiesta de la Patum de Berga.
La Convención de la UNESCO considera “la importancia que tiene el patrimonio cultural inmaterial, crisol de diversidad cultural y garantía del desarrollo sostenible.” Reconoce también que “los procesos de mundialización y de transformación social por una parte crean las condiciones propicias para un diálogo renovado entre las comunidades pero por otra parte también comportan, como los fenómenos de intolerancia, un grave riesgo de deterioro, desaparición y destrucción del patrimonio cultural inmaterial, debido en particular a la carencia de recursos para su salvaguarda.”
Hace falta destacar el hecho que este organismo de las Naciones Unidas se fijara en dos ejemplos de patrimonio etnológico intangible dónde el protagonismo es de la gente, de personas anónimas que muestran sin complejos su capacidad común de crear artesanías efímeras, dónde la música y la danza tradicionales se muestran a pie de calle, donde el trabajo y la ilusión desdibujan las categorías sociales. Aquel mismo año la candidatura de un arte tan valorado como el flamenco tuvo que esperar a una ocasión más propicia, ocasión que llegó en 2010 conjuntamente con otro fenómeno festivo típico de Catalunya: los Castellers, las torres humanas.
En la Arenosa, los estudiosos del Carnaval afirman:
“El Carnaval de Barranquilla es la fiesta de uno de los centros urbanos más importantes de la región del Caribe colombiano. Es una fiesta viva que se ha ido transformando según la historia social de Barranquilla del mismo Caribe y de América Latina. La condición de la ciudad como receptora de expresiones culturales de diferentes lugares del Caribe, permite encontrar hoy indicios de los diferentes periodos históricos de la región, vestigios de la etapa prehispánica, colonial, republicana, moderna y contemporánea.”
También en Barcelona el Carnaval de Barranquilla es una fiesta viva que transforma la historia social de Barcelona. La Asociación Grupo Cultural Barranquilla en Barcelona, con Doris López Mizuno al frente, lleva camino de dos décadas reuniendo a los colombianos de Barcelona en una experiencia extraordinaria: mostrar su propia cultura a la gente de Cataluña, España y Europa.
La Asociación se presenta a sí misma de esta manera:
“Somos la Asociación Cultural que aglutina a la gran mayoría de Barranquilleros, Costeños y Cachacos Costeñizados , residentes en Barcelona y que a través de actividades culturales, de Interculturización, Cívicas y de integración, nos reencontramos con lo nuestro, damos a conocer la enorme riqueza cultural e intelectual y contribuimos al reconocimiento internacional que tiene Barranquilla y extendemos su “esencia ñera de vivir la vida” además nuestros grandes valores como ciudadanos. Los Barranquilleros, de nacimiento o de corazón, somos Colombianos, hijos del Mar Caribe, ese mar que nos baña en mas de 1600 kilómetros de playa y nos aporta el jubilo existencial y la extroversión, rasgos derivados de la luz de nuestra región y la hermosura de nuestro azul caribe. Somos Caribeños, nos apetece el dialogo, gozamos con la compañía, necesitamos de la brisa de mar, compartimos ilusiones, entusiasmos, experiencias, sueños y preocupaciones, llevamos el sello indeleble de alegría, el folklore, la espontaneidad y ganas de vivir, que nos distingue como Gente Creadora y de gran Talante Cultural en nuestra Colombia. Así somos los Barranquilleros, en Barranquilla, en Barcelona, en Nueva York y en cualquier parte del mundo. Si te interesa ser parte del Grupo Cultural Barranquilla en Barcelona, ya sea para bailar al son de tambores o para con tu compañía sacarnos una sonrisa escríbenos un correo a info@barranquillaenbarcelona.es .”
Como ejemplo de ello la asociación presenta el Carnaval en el Museo Etnológico de Barcelona:
“Al ritmo de los Gaiteros de San Jacinto el pasado sábado 11 de diciembre se celebró en el Museo Etnológico de Barcelona el Lanzamiento del Carnaval de Barranquilla en Barcelona 2011. Durante la ceremonia fue presentada ante el público asistente la Reina del Carnaval de Barranquilla en Barcelona 2011, Rosa María García Fernández, el Rey Momo, Diógenes Bastidas Morales y la Reina Infantil Valentina Caicedo Santamaría. Como reconocimiento a su apoyo y pasión por el Carnaval de Barranquilla se eligió como Mariscal del Carnaval a Joan Manuel V. Parisi, Gerente Secretariado de Entidades, Sants, Hostafrancs i la Bordeta, quien acompañará a la comparsa del Carnaval de Barranquilla en Barcelona en su desfile durante la Rúa del Carnaval 2011. Al finalizar la ceremonia todos los presentes bailaron y gozaron del concierto de los Gaiteros de San Jacinto quienes también disfrutaron de una tarde inolvidable.”
Presenta a la Reina del Carnaval de esta manera:
“La Reina del Carnaval de Barranquilla en Barcelona 2011 es Rosa María García Fernández, una encantadora y extrovertida barranquillera radicada en Barcelona, Cataluña, España. Adelantó estudios de Comunicación Social en la Universidad de Antioquia y es Técnica en Informática del SENA. Sus padres, Doris Fernández y Jorge García y sus hermanos, Oscar que vive en Barranquilla y Claudia en Barcelona, son carnavaleros a morir. Por sus venas también corre sangre europea ya que su abuelo es de Almanza, provincia de León, España. Su primera meta, contagiar de nuestra alegría carnavalera a cuanto europeo se atraviese durante su reinado e invitarlos a conocer nuestro Carnaval pero sobre todo esa cálida y hermosa ciudad llamada Barranquilla. Rosa María es rumbera, alegre, solidaria y esta vinculada al Carnaval de Barranquilla en Barcelona desde hace dos años. Para ella el carnaval “es la máxima expresión de la alegría y libertad del pueblo costeño colombiano; es una gozadera”. El Carnaval de Barranquilla en Barcelona promocionará durante la temporada 2011 la temática “Son de Negros, tres culturas un solo carnaval”, rindiendo así un gran homenaje a la cultura autóctona del caribe colombiano.”
Presenta al Rey Momo del Carnaval de Barranquilla en Barcelona con estas palabras en su web:
“Diógenes Bastidas Morales, Rey Momo 2011 en Barcelona. Descendiente de carnavaleros, por su sangre corren gaitas, tambores y mucha Cumbia. Es Ingeniero de Sistemas de la Fundación Universitaria San Martín y actualmente trabaja como Informático en una prestigiosa empresa española. Alegre, parrandero, carismático y siempre sonriéndole a la vida Diógenes es un hijo agradecido y orgulloso de su folclor, heredó de sus ascendientes el amor por el carnaval; su padre Diógenes Bastidas Jalk tocaba la tambora en un grupo de millo y su madre Ruby Morales Calderón fue integrante de la cumbiamba La Arenosa. Participó con ellos en la conformación y fundación de la Danza Juvenil Garabato Caribeño, ganadores de tres Congos de Oro, una Marimonda de Oro y otras menciones. Desde los diez años ha participado en compañía de sus hermanos Jair y Martha como integrantes de la cumbiamba El Gallo Giro, una de las agrupaciones más representativas de Barranquilla. “Es una ilusión hecha realidad y un gran compromiso como Barranquillero”, con esta frase resume lo que sintió al enterarse de su designación como Rey Momo 2011 del Carnaval de Barranquilla en Barcelona. Entre sus metas, “transmitir a toda la comunidad europea la alegría y el sabor de las danzas, cumbias y comparsas del caribe colombiano”.
A la Reina Infantil del Carnaval le dedican esta presentación:
“Valentina Caicedo Santamaría es la Reina Infantil del Carnaval de Barranquilla en Barcelona 2011. Cursa quinto de primaria en el Colegio Can Cladellas de Palau-Solità i Plegamans, población ubicada en las cercanías de Barcelona. Tiene dos hermanas, Maritxell y María del Mar y desde muy pequeña le encanta bailar diferentes ritmos musicales, pero sin duda su preferido es la Cumbia. A sus diez años se destaca por ser la única latina y mejor bailarina del grupo de sevillanas al que pertenece en su colegio. Para ella ser Reina del Carnaval Infantil significa ser la encargada de sembrar el amor y la pasión por el Carnaval de Barranquilla en los niños europeos, descendientes de colombianos, quienes en un futuro serán quienes difundan y conserven nuestras tradiciones en el viejo continente.”
Conclusión
El Museo Etnológico de Barcelona ha incorporado desde el primer momento a la asociación entre los miembros de su propia asociación de amigos del museo. Hasta tal punto existe complicidad, que la asociación celebra sus presentaciones en la sede del museo, considerándola como su propia sede. Esta práctica del museo trasciende las disciplinas y se aplica de forma eficaz y próxima a la sociedad más inmediata, porque implica de forma activa a los protagonistas de la cultura, transforma de forma pequeña y concreta realidades dinámicas y bien cargadas de símbolos, potencia valores a la escala más próxima, pequeña, modesta, humana.
En los barrios de Barcelona, como en todos los barrios del mundo donde hay buena gente, pasan a menudo estas cosas. Cada tarde que las mujeres y los hombres bajan de casa y se reunen en el local social para imaginar cómo será el vestido de la comparsa del Carnaval, o el adorno de la fiesta de la calle del barrio. A cada corte de tijera, a cada golpe de martillo se construye algo más que una ilusión. Se trata de crear y conservar el más preciado de los patrimonios: la Cultura de la Gente.

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